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Botellas ·

Domaine Joubert Bourgogne Blanc 2021: el Chardonnay del Beaujolais que se queda en la boca sin prisa

Un Bourgogne Blanc embotellado en pleno Beaujolais: Chardonnay natural de la familia Joubert con textura casi oleosa, mantequilla y baguette recién hechita.

Hace unos días estuvimos en la cata de L’Excellence Les Sens du Vin en Vinófilos, en Santa Cruz. Todos los vinos estaban del 10 (en serio, ni uno flojo), pero hubo uno que se me quedó pegado desde el primer sorbo: el Bourgogne Blanc 2021 de Domaine Joubert.

Tanto que salí de allí con la botella debajo del brazo.

Primer plano de la etiqueta del Bourgogne Blanc 2021 de Domaine Joubert, con letras granate sobre papel crema, la botella inclinada sobre una mesa de madera y una copa vacía desenfocada al fondo.
Una cata entera de vinos del 10 y me fui a casa con este. Por algo sería.

Un Bourgogne que se embotella en el Beaujolais

Lo primero que me hizo gracia está en la propia etiqueta. Pone BOURGOGNE en letras enormes, pero abajo, en pequeñito, dice dónde se embotella: Quincié-en-Beaujolais. Es decir, no estamos en la Borgoña de postal, sino un poco más al sur, en tierra de Gamay.

Tiene su explicación. Una parte del Beaujolais (los crus y un puñado de pueblos más) tiene derecho a la denominación Bourgogne, y la Chardonnay que se cultiva allí puede salir al mundo como Bourgogne Blanc. Así que este es, a la vez, un Chardonnay de Borgoña en el papel y un vino del Beaujolais de nacimiento.

Detrás está la familia Joubert, en Quincié, a los pies del monte Brouilly. Marcel, cuarta generación, cogió la finca en 1972 y desde el principio tiró por lo ecológico (certificado desde 2012) y por el vino natural, en la cuerda de Jules Chauvet y Georges Descombes, que en el Beaujolais son palabras mayores. Hoy la lleva su hija, Carine. Unas diez hectáreas, viñas de más de cien años en algunas parcelas y poquísima química.

Confieso que no he encontrado la ficha técnica de este Bourgogne en concreto. La de su hermano, el Beaujolais Blanc de la casa, cuenta que la Chardonnay se vendimia a mano, se prensa y pasa directa a fudres grandes, fermenta con sus propias levaduras y se cría sobre lías, sin azufre añadido, sin filtrar y sin clarificar. La etiqueta de este lo deja caer también: “contient des sulfites naturellement”. Los que trae, los hizo él solito.

La cata: aquí manda la textura

Es justo el tipo de blanco que más me está entrando últimamente: con unos añitos encima y cuerpo de verdad. Y eso que 2021 fue un año fresco y complicado en la zona, con aquella helada de abril que se llevó media cosecha por delante. Se nota en el alcohol, un 12,5% muy comedido. Pero no se nota en la boca, que es donde este vino tiene la cabeza.

La fruta blanca está, no digo que no. Pero lo que manda es la textura, casi oleosa, que se queda en la boca sin prisa, como quien llega a una sobremesa y se sienta sin mirar el reloj.

Y luego los aromas, que son de desayuno de domingo: mantequilla y baguette recién hechita, de la que todavía cruje. Esa panadería no sale de la uva, sale de los meses sobre lías. Por debajo, un puntito terroso que lo baja a tierra y evita que se ponga demasiado goloso. Cinco años en botella le han sentado de maravilla.

¿Con qué beberlo?

Con algo que tenga grasa y algo de miga: un pollo asado, un pescado blanco con salsa de mantequilla, unas setas a la plancha o un queso de pasta blanda. La textura del vino aguanta lo que le eches y ese punto terroso se lleva de lujo con lo que viene del bosque.

Dicho esto, en casa no le dio tiempo a encontrar pareja.

Si les va la Chardonnay más afilada, el Les Rocheforts de Étienne Calsac es la misma uva sobre tiza y en versión cuchillo. Y si lo que buscan es otro blanco con años y empaque, el Monopole Blanco Seco Reserva de CVNE juega en la misma liga desde Rioja.

Salí con una botella. Debí salir con dos.

El veredicto

Duró en casa lo justo.